PRIMAVERA
En las épocas de primavera avanzada, yo solía ir con mi abuelo hasta un huerto que tenía en el “Estajau”, cerca de la “Isla”. Por el camino me iba enseñando las plantas, los pájaros y otros animales que, aunque raramente, a veces veíamos. Yo solía ir con los cinco sentidos, mirando todo, parándome para ver cómo trabajaban los hombres en el campo e imaginándome lo que podría haber detrás de las empalizadas de carrizos y otros setos vegetales, que cerraban algunos huertos. Estas barreras eran muy misteriosas para mí, y pensaba que en los setos siempre había algún hábitat de algún animal salvaje.
Siempre cogíamos un ramillete de violetas para llevar a casa y, cuando pasábamos por “la bomba”, yo me afanaba en darle a la palanca para sacar agua. Era un agua ferruginosa la que salía por el chorro y tenía un sabor bastante malo.
Mi abuelo sabía exactamente dónde estaba la mitad del camino entre nuestra casa y el Estajau, pues se lo había medido a pasos montones de veces. A mí me parecía algo de magia y siempre nos parábamos en el punto aquel.
Al lado de la pieza, había una casilla para los aperos y, en un ribazo, un cañaveral y unas plantas de mimbre. Estas dos cosas eran las más "naturales" que había por allí. Todo lo demás eran cultivos, piezas bien delimitadas, con surcos (canteros) bien alineados, frutales bien colocados a escuadra o al tresbolillo... Yo me solía entretener mirando por allí a ver si veía algún animalillo o algún nido, mientras mi abuelo daba vuelta por el huerto. Este huerto lo trabajaba un tío mío, que era el único de la familia que se había dedicado al campo.
Cerca del Estajau estaba el soto de la Isla. Algunas veces, yo insistía tanto, que mi abuelo me llevaba hasta allí para ver el río Aragón, que a mi me parecía inmenso y los remolinos me atemorizaban bastante. El soto entonces era bastante denso, con álamos, tamarices, fresnos, zarzales y otros árboles de ribera. Aquello me parecía como una selva virgen tropical, y esperaba encontrarme con algún gato montés o algún zorro, que eran dos de las pocas especies salvajes que todavía sobrevivían en algunas partes de los sotos de la Ribera. Allí se oían los cantos de muchas clases de pájaros y se solían ver los nidos que hacían. Había unos muy peculiares, a los que se llamaba “nidos de bolsa”, que eran, precisamente, como unas bolsas de borra, con una entrada en forma de tubo corto y redondo, en la parte superior. Creo que eran nidos de oropéndola. A mí me fascinaban estos nidos. También me gustaba ver los barbos que a veces se veían desde el espigón, si te estabas muy quieto.
La configuración de los sotos y del cauce del río variaba de un año para otro, en función de las crecidas que habían sufrido. En aquella época, el río Aragón no tenía posibilidad de regulación de su caudal y todos los años se desbordaba y arrasaba lo que pillaba a su paso. Por entonces comenzaron a construir la presa de Yesa, que, al cabo de unos años, una vez terminada, puso fin a las grandes crecidas. Recuerdo que, desde el atrio de la iglesia, en alguna ocasión, he visto todo el campo inundado, casi hasta la Pesquera. Solamente se veían las copas de los árboles. Todo era como un inmenso lago. La gente no podía ir a trabajar al campo, y se pasaba el día en el atrio, controlando cómo iba la crecida…, y jurando.
VERANO
Los veranos de mi infancia los vivía con una intensidad enorme. No parábamos un momento. Yo siempre quería aprovechar el tiempo para hacer algo y no desperdiciar lo más importante de todo que para mí, como para la mayoría de los críos, era el no tener que ir a la escuela.
Recuerdo que un día, en plena canícula, unos cuantos críos estábamos dando una vuelta por “los pinos”, y vimos unos huesos, entre las agujas del suelo. Todos pensamos que serían de algún cadáver de hombre, pues en aquella época los relatos de muertes, calaveras, espíritus y fantasmas, se contaban muy a menudo. Con cualquier mínimo indicio, nos fabricábamos la novela de terror. Cuando volvimos al pueblo, uno de mis amigos le contó el hecho a su tío, que era uno de los médicos, y éste nos dijo que le lleváramos los huesos para examinarlos. Allí que nos fuimos otra vez, con toda la calorina, a buscar los huesos. Volvíamos como quien lleva un tesoro precioso. Cuando los vio el médico, nos desilusionó, al decirnos que eran de cabra, y nos quedamos verdaderamente chafados.
En Villafranca, como en todos los pueblos agrícolas, estaba muy extendida la costumbre de la siesta, pero yo no he conseguido nunca habituarme a ella. A veces mi madre nos obligaba a meternos en la cama pero, al poco rato, yo me escapaba porque no me podía dormir. Me daba la impresión de que, en la siesta, estaba perdiendo el tiempo. La verdad es que, a esas horas de la canícula, no había un alma por la calle, pues todo el mundo estaba durmiendo. Yo me solía entretener en el “café” o en el jardín, debajo de la terraza, haciendo algún invento, con tablas de embalaje o cartones que le cogía a mi abuelo, o dibujando en sobres de cartas abiertos, aprovechados por la parte interior, en la que no había nada escrito.
Así pasaba el rato, hasta que los críos del barrio se levantaban de la siesta, se asomaban por la verja del jardín, y yo me iba con ellos, a nadar al río. No se decía ir a bañarse, esto era muy fino. Se iba a nadar, aunque lo único que hicieras fuera mojarte un poco y chapotear como un perro.
Al atardecer, la gente salía a las calles, y se sentaba a “tomar la fresca”, con el porrón a mano, y así se pasaban la velada, charlando y haciendo chanzas. Los críos nos juntábamos de nuevo y recorríamos las calles del pueblo, jugando al escondite (a lori), o íbamos a la plaza a jugar al “marro”, a “elica o elón”, a las “pitas”, a la “suela”, a los “cartones”…, en fin, que no parábamos en todo el día.
LOS ANIMALES
En aquella época, lo normal en los pueblos agrícolas era que la gente, además de "los bichos", tuviera también un perro en casa, sin otra exigencia que la de tenerlo vacunado contra la rabia. Solían ser perros de caza, o ratoneros.
Cuando veíamos en el cine algunos animales mimados o, cuando en alguna ocasión llegaba algún forastero con un perro que no fuera de caza o ratonero y, además, atado con correa, se nos hacía raro y ridículo. Nos parecía absurdo el hecho de tener animales no utilitarios y, encima cuidados y atados. En aquellos tiempos, los perros andaban sueltos, llenos de pulgas y buscando la comida por todas partes. Nadie preparaba comida para ellos; solamente se les daban las sobras de las casas y algún que otro pedazo de pan duro.
Los perros y, en general, todos los animales, domésticos o no domésticos, eran maltratados sistemáticamente por casi todo el mundo. Esto nos parecía normal porque no habíamos conocido otra actitud diferente hacia los animales. Los críos de Villafranca no podían ver a un pájaro, un gato, un perro, un cordero, una vaca, un caballo...., sin ejercitarse en el noble arte del lanzamiento de piedras o en el de pegar palos. Era algo instintivo. Había verdaderos artistas del canto rodado que, donde ponían el ojo ponían la piedra. Los accidentes de pedradas en el cuerpo eran relativamente frecuentes y, sobre todo los de pedradas en la cabeza. La mayoría de los críos tenían el cráneo lleno de cicatrices de pedradas. Como entonces se llevaba el pelo casi al cero, se les veían como pequeños husos de piel desnuda, entre el pelo corto. Estas heridas eran las llamadas “catas”.
Uno de los animales más maltratados por los críos de Villafranca era el burro de una pareja pintoresca, que se dedicaba a acarrear bultos de y hacia la estación de ferrocarril. Solían tener el burro uncido al carro, en el raso del Conde, detrás del Ayuntamiento, a la sombra, mientras el hombre se emborrachaba en el bar del Rincón. Los críos se sentaban pacientemente en el carro, esperando a que el burro levantara el rabo y, cuando lo hacía, encendían una cerilla y se la acercaban al culo para inflamar los gases que pudieran salir. A veces no pasaba nada, pues en vez de gases salía bosta, pero otras, salían los gases de la digestión y la ventosidad se convertía en una llamarada azulada. Otras veces, le levantaban el rabo y le ponían en el culo una flor seca de cardo con todos sus pinchos. El pobre burro no dejaba de dar coces y saltos hasta que el cardo se le caía. Cuando salía el hombre del bar, soltaba una retahíla de juramentos y amenazas, y los críos salían corriendo como alma que lleva el diablo.
Yo, la verdad es que nunca he maltratado, a sabiendas, a ningún animal, salvo que me hubiera hecho alguna faena, como ladrarme o asustarme, pero hubieron de pasar algunos años hasta que me di cuenta de que el maltrato de los animales no tenía ningún sentido.
Recuerdo que una vez, en San Sebastián, iba por el barrio de Loiola en la moto de monte y, al pasar por delante de un almacén de hierros, el perro guardián se me abalanzó de repente, enfurecido, corriendo y ladrando. Me dio tal susto que casi me caigo de la moto. Seguí un poco más adelante y di la vuelta despacio, pasando lentamente por donde estaba el perro. Cuando éste salió de nuevo a por mí, ladrando, convencido de su superioridad, le dejé que se acercara y en el momento que estuvo a tiro, le di tal puntapié en el morro, con la punta de la bota reforzada con acero, que salió rodando por el suelo y se escapó gimiendo lastimeramente. En aquella ocasión me quedé muy satisfecho. Supongo que no se le ocurriría volver a ladrar a ningún otro motorista.
(CONTINUARÁ)
lunes, 3 de diciembre de 2007
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