Villafranca de Navarra, la antigua Alesves, es un pueblo situado en un pequeño relieve, en el límite entre la zona aluvial del río Aragón y el de las últimas estribaciones del Pirineo, en plena Ribera de Navarra. Es un asentamiento humano muy antiguo. Se han encontrado restos arqueológicos de algunas villas de la época romana, y la tradición asegura que los moros anduvieron por allí en los tiempos de la Reconquista.
En los años cincuenta, del siglo XX, Villafranca era una localidad de tamaño mediano, con unos cuatro mil quinientos habitantes, la mayoría de ellos, dedicados a la agricultura. El pueblo, en esta época, carecía de cualquier elemento histórico, o artístico o cultural, que pudiera atraer el interés de la gente. Era un pueblo bastante anodino y no tenía ningún atractivo para la gente de fuera, salvo la buena comida, la buena bebida y la buena acogida que la gente ofrecía a los forasteros.
Para aquellos tiempos, Villafranca tenía una ventaja funcional respecto al resto de pueblos de la comarca, y era que la carretera y el ferrocarril cruzaban el pueblo, en paralelo, y la estación estaba dentro del casco urbano. Esto le daba una cierta categoría, a nivel comarcal, ya que, en general, en los demás pueblos de la zona, servidos por el ferrocarril, éste pasaba lejos del caserío, y las estaciones estaban a varios kilómetros del núcleo de población.
El término municipal de Villafranca tenía dos zonas de campo, muy características y bien diferenciadas: una extensa vega, ubérrima, en la margen izquierda del río, a la que se llamaba “El Regadío", y una gran extensión de terreno de secano, a espaldas del pueblo, árida y poco productiva, al que llamaban “El Monte" o “La Bardena”. Los campos del “Regadío” eran verdaderos vergeles, surcados por una red de acequias, siempre con agua, alimentadas por el “Río Molinar”, que era el canal que, desde la Presa, situada aguas arriba del río Aragón, abastecía de agua al pueblo. Estas acequias permitían que el agua llegara a todos los rincones del “Regadío”, haciéndolo feraz y agradecido. Sobre todo, en las primaveras avanzadas, con los campos en toda su pujanza natural, eran una verdadera delicia para los sentidos. Se juntaba el colorido del campo, con los sonidos de los pájaros y los aromas de la tierra. A estos estímulos se unían, aquí y allá, las voces de los labradores dirigiendo a sus animales de labranza, alguna jota en la lejanía, y, cada vez con más frecuencia, los desagradables ruidos sordos y esporádicos de algún tractor, que por aquel tiempo empezaron a proliferar.
Yo no recuerdo todos los nombres de los términos del campo, pero tenían algunos curiosos, como “La Isla”, "El Estajau", “La Higuerilla”, “Las Cañas”, “El Fornillo”, “La Pesquera”, “Carrialabarca”, “El Fraile”, “Las Navas”, “El Montecillo”, “Camposanpedro”, y otros. Desde el atrio de la Iglesia había una espléndida panorámica del "Regadío", pudiendo verse algunos de los términos que he citado y todo el variado mosaico que formaban las piezas, con los lindes, los ribazos de las acequias, las pequeñas arboledas, los campos de frutales, las casillas para los aperos... Al fondo de la gran vega estaba el río Aragón, con sus sotos y sus meandros de pedregales de cantos rodados, que discurría bajo "La Peña", que era un farallón de tierras rojizas y grises, cortado a pico, producido por la erosión que el propio río Aragón, a lo largo de los siglos, había originado en su base. El río era el límite natural del término municipal de Villafranca. En la última visita que hice a Villafranca, pude comprobar que esta hermosa vista ha dejado de existir, a causa de la Concentración Parcelaria. Me causó cierta tristeza.
La carretera, entonces sin asfaltar, de macádam, y la vía del ferrocarril constituían una barrera que partía el pueblo en dos grandes zonas: la parte nueva, o barrio de las "casas baratas", y la parte vieja, o, simplemente, "pueblo". En la parte del "pueblo" estaban todos los establecimientos oficiales, como el Ayuntamiento, el cuartel de la Guardia Civil, las Escuelas, así como todos los comercios, bares, iglesias, conventos, etc. En las “casas baratas” no había más que una tienda y un bar, y las propias casas baratas, unas ya existentes desde hacía unos años, y otras de nueva construcción, algunas todavía sin terminar.
En la misma parte de las casas baratas estaban, además, el cementerio, el campo de fútbol, un pinar, llamado “los pinos”, el secadero de tabaco, la harinera, una herrería, la bodega, las eras de las trilladoras, un almacén de piensos, el depósito de agua y algunas otras casas, no baratas. Al fondo de “Los Pinos”, hacia "La Bardena”, estaba el llamado “Pozo de las Ratas”, que era un vertedero donde se llevaban las basuras del pueblo. Todo lo demás estaba en "el pueblo".
Las vías del ferrocarril estaban protegidas, por la parte del pueblo, por una tapia de albañilería, con unos machones terminados en una especie de capitel cuadrado, que partía de la estación y, al cabo de unos metros, continuaba con una valla hecha de traviesas de madera, viejas, terminadas en punta, hincadas en el suelo, una tras otra, unidas por trozos de perfiles de acero, atornillados a ellas. Esta separación se extendía hasta la primera casa construida junto al talud de las vías, según se subía por la carretera vieja, que era una precaria y destartalada fábrica de conservas de pimientos y tomates.
La comunicación entre las dos partes del pueblo se efectuaba, exclusivamente, por tres puntos bien localizados: por la estación del ferrocarril, por el paso de "las traviesas", y por el puente sobre las vías, que unía la carretera con el pueblo. También había, un poco más alejado del pueblo, un puente bajo las vías, el puente “el Saso”, que era el antiguo acceso al pueblo, por la carretera vieja. Estos dos últimos eran los únicos accesos practicables para carros y otros vehículos. Los otros dos pasos eran exclusivamente peatonales. El paso de "las traviesas" era el más utilizado por los peatones, para ir y venir a las casas baratas. Consistía, simplemente, en una abertura, entre dos traviesas de la valla, un poco más ancha que las demás. En la parte inferior tenía un perfil de acero uniendo las dos traviesas, en el que todo el mundo ponía el pie para pasar, por lo que estaba siempre brillante y muy desgastado por el uso, lo mismo le ocurría a un bloque de piedra que había a modo de escalón. Brillantes estaban también, por el roce de las manos y de las ropas de los usuarios, los bordes de las dos traviesas que flanqueaban la abertura. Éstas eran las únicas que, debido al roce, tenían el color propio de la madera. El resto eran de color gris, con algún resto oscuro, de la creosota original. Todas estaban totalmente ajadas por la intemperie.
Las calles de Villafranca, como las de todos los pueblos de la zona, en aquella época, eran de tierra apisonada. Se convertían en resecas y sofocantes polvaredas, en verano, y en fríos, húmedos y pegajosos barrizales, en invierno. La calle de “la Cava” era la más baja de todas las del pueblo, y era donde se acumulaba más agua, cuando llovía. Allí el barrizal alcanzaba tal magnitud, que los carros se atascaban y se organizaban unos problemas tremendos. Otro punto negro, en este aspecto, eran las cuestas de debajo del atrio, la que subía hacia el centro del pueblo, por delante del convento de los Carmelitas, y la que iba por “El Mesón”, a enlazar con “la Cava” y con la calle Mayor. Todos los años había que reparar las calles, parcheando los baches con piedra caliza blanda, que los peones del Ayuntamiento apisonaban, a mano, con unos pisones de madera. Los caminos del campo se reparaban echando directamente grava obtenida en las múltiples graveras que había por los alrededores del pueblo, y en las propias orillas del río Aragón. Una reparación, siempre esperada por los críos, era la de la plaza. Se hacía poco antes de las fiestas del pueblo, para dejarla en buenas condiciones para los festejos de vaquillas bravas, y era el preludio de los festejos, para los que todo el pueblo se preparaba.
Villafranca, en tiempos anteriores, había sido un pueblo próspero. Un indicio de ello era la existencia de los restos de villas romanas, que ya he mencionado, así como un convento de Carmelitas, otro de Maristas y un tercero de Monjas de Santa Ana. Es bien sabido que estas comunidades religiosas no se caracterizaban por su ascetismo, y se establecían donde había riqueza. En total había tres iglesias abiertas al público: la parroquia de Santa Eufemia, la iglesia de los Carmelitas y la iglesia de las monjas, a la que se llamaba “El Portal”. Además, estaban la iglesia de los Maristas, que se abrió al público más tarde, y una iglesia derruida, a la que llamaban "El Castillo", que, según una leyenda poco fiable, fue construido por los moros. También había una ermita, dedicada a San Pedro, a varios kilómetros del pueblo, en la carretera de Cadreita. En ésta se organizaban varias romerías al año (San Pedro “Culequero”, San Pedro “Natillero” y San Pedro “Segador”). Estas romerías servían de excusa para la juerga, el desmadre, las jotas y las borracheras.
En Villafranca también había Notario, Sindicato de Riegos, Almacén del Servicio Nacional del Trigo, Cuartel de la Guardia Civil, Juzgado, Escuelas de Párvulos, Escuelas Graduadas, Colegio de las Monjas, Oficina de Correos, Matadero municipal, dos médicos, tres practicantes, un veterinario, farmacia, dos fábricas de conservas de pimiento y tomate, un molino de piensos, tres herrerías, dos fábricas de bebidas espumosas, una fábrica de hielo, dos casinos (El Casino y la Sociedad), dos Salas de Cine, dos Bancos, y unos cuantos bares y tiendas de todo tipo. También se habían establecido bastantes artesanos: varios carpinteros, varios albañiles, un herrador, un hojalatero, tres panaderos, un sillero, un alpargatero, tres sastres, un electricista, dos guarnicioneros, dos zapateros, tres barberos. Tampoco faltaban varios "tontos" de pueblo (ahora se les llamaría minusválidos psíquicos). En fin, Villafranca estaba bastante bien dotada, para lo que se llevaba en otros pueblos de la zona. Por no faltar, no faltaba ni un conde (Conde de Rodezno), ni un gitano afincado allí (el gitano Antonio).
El clima, continental y medianamente extremado, de la Ribera, hacía que las características propias de cada estación del año, fueran muy marcadas, por lo que la vida de estos pueblos se movía al ritmo de las estaciones. Cada época del año se caracterizaba por unas labores determinadas, por unas festividades. Incluso los chavales tenían sus juegos distintos para cada estación. Se hablaba de que era el tiempo de tal o cual cosa, o de que se había pasado el tiempo de tal o cual otra.
Otro día hablaré de la forma de vida y de los sentimientos de la gente de aquella época.
(CONTINUARÁ)
martes, 20 de noviembre de 2007
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