PRIMAVERA
En las épocas de primavera avanzada, yo solía ir con mi abuelo hasta un huerto que tenía en el “Estajau”, cerca de la “Isla”. Por el camino me iba enseñando las plantas, los pájaros y otros animales que, aunque raramente, a veces veíamos. Yo solía ir con los cinco sentidos, mirando todo, parándome para ver cómo trabajaban los hombres en el campo e imaginándome lo que podría haber detrás de las empalizadas de carrizos y otros setos vegetales, que cerraban algunos huertos. Estas barreras eran muy misteriosas para mí, y pensaba que en los setos siempre había algún hábitat de algún animal salvaje.
Siempre cogíamos un ramillete de violetas para llevar a casa y, cuando pasábamos por “la bomba”, yo me afanaba en darle a la palanca para sacar agua. Era un agua ferruginosa la que salía por el chorro y tenía un sabor bastante malo.
Mi abuelo sabía exactamente dónde estaba la mitad del camino entre nuestra casa y el Estajau, pues se lo había medido a pasos montones de veces. A mí me parecía algo de magia y siempre nos parábamos en el punto aquel.
Al lado de la pieza, había una casilla para los aperos y, en un ribazo, un cañaveral y unas plantas de mimbre. Estas dos cosas eran las más "naturales" que había por allí. Todo lo demás eran cultivos, piezas bien delimitadas, con surcos (canteros) bien alineados, frutales bien colocados a escuadra o al tresbolillo... Yo me solía entretener mirando por allí a ver si veía algún animalillo o algún nido, mientras mi abuelo daba vuelta por el huerto. Este huerto lo trabajaba un tío mío, que era el único de la familia que se había dedicado al campo.
Cerca del Estajau estaba el soto de la Isla. Algunas veces, yo insistía tanto, que mi abuelo me llevaba hasta allí para ver el río Aragón, que a mi me parecía inmenso y los remolinos me atemorizaban bastante. El soto entonces era bastante denso, con álamos, tamarices, fresnos, zarzales y otros árboles de ribera. Aquello me parecía como una selva virgen tropical, y esperaba encontrarme con algún gato montés o algún zorro, que eran dos de las pocas especies salvajes que todavía sobrevivían en algunas partes de los sotos de la Ribera. Allí se oían los cantos de muchas clases de pájaros y se solían ver los nidos que hacían. Había unos muy peculiares, a los que se llamaba “nidos de bolsa”, que eran, precisamente, como unas bolsas de borra, con una entrada en forma de tubo corto y redondo, en la parte superior. Creo que eran nidos de oropéndola. A mí me fascinaban estos nidos. También me gustaba ver los barbos que a veces se veían desde el espigón, si te estabas muy quieto.
La configuración de los sotos y del cauce del río variaba de un año para otro, en función de las crecidas que habían sufrido. En aquella época, el río Aragón no tenía posibilidad de regulación de su caudal y todos los años se desbordaba y arrasaba lo que pillaba a su paso. Por entonces comenzaron a construir la presa de Yesa, que, al cabo de unos años, una vez terminada, puso fin a las grandes crecidas. Recuerdo que, desde el atrio de la iglesia, en alguna ocasión, he visto todo el campo inundado, casi hasta la Pesquera. Solamente se veían las copas de los árboles. Todo era como un inmenso lago. La gente no podía ir a trabajar al campo, y se pasaba el día en el atrio, controlando cómo iba la crecida…, y jurando.
VERANO
Los veranos de mi infancia los vivía con una intensidad enorme. No parábamos un momento. Yo siempre quería aprovechar el tiempo para hacer algo y no desperdiciar lo más importante de todo que para mí, como para la mayoría de los críos, era el no tener que ir a la escuela.
Recuerdo que un día, en plena canícula, unos cuantos críos estábamos dando una vuelta por “los pinos”, y vimos unos huesos, entre las agujas del suelo. Todos pensamos que serían de algún cadáver de hombre, pues en aquella época los relatos de muertes, calaveras, espíritus y fantasmas, se contaban muy a menudo. Con cualquier mínimo indicio, nos fabricábamos la novela de terror. Cuando volvimos al pueblo, uno de mis amigos le contó el hecho a su tío, que era uno de los médicos, y éste nos dijo que le lleváramos los huesos para examinarlos. Allí que nos fuimos otra vez, con toda la calorina, a buscar los huesos. Volvíamos como quien lleva un tesoro precioso. Cuando los vio el médico, nos desilusionó, al decirnos que eran de cabra, y nos quedamos verdaderamente chafados.
En Villafranca, como en todos los pueblos agrícolas, estaba muy extendida la costumbre de la siesta, pero yo no he conseguido nunca habituarme a ella. A veces mi madre nos obligaba a meternos en la cama pero, al poco rato, yo me escapaba porque no me podía dormir. Me daba la impresión de que, en la siesta, estaba perdiendo el tiempo. La verdad es que, a esas horas de la canícula, no había un alma por la calle, pues todo el mundo estaba durmiendo. Yo me solía entretener en el “café” o en el jardín, debajo de la terraza, haciendo algún invento, con tablas de embalaje o cartones que le cogía a mi abuelo, o dibujando en sobres de cartas abiertos, aprovechados por la parte interior, en la que no había nada escrito.
Así pasaba el rato, hasta que los críos del barrio se levantaban de la siesta, se asomaban por la verja del jardín, y yo me iba con ellos, a nadar al río. No se decía ir a bañarse, esto era muy fino. Se iba a nadar, aunque lo único que hicieras fuera mojarte un poco y chapotear como un perro.
Al atardecer, la gente salía a las calles, y se sentaba a “tomar la fresca”, con el porrón a mano, y así se pasaban la velada, charlando y haciendo chanzas. Los críos nos juntábamos de nuevo y recorríamos las calles del pueblo, jugando al escondite (a lori), o íbamos a la plaza a jugar al “marro”, a “elica o elón”, a las “pitas”, a la “suela”, a los “cartones”…, en fin, que no parábamos en todo el día.
LOS ANIMALES
En aquella época, lo normal en los pueblos agrícolas era que la gente, además de "los bichos", tuviera también un perro en casa, sin otra exigencia que la de tenerlo vacunado contra la rabia. Solían ser perros de caza, o ratoneros.
Cuando veíamos en el cine algunos animales mimados o, cuando en alguna ocasión llegaba algún forastero con un perro que no fuera de caza o ratonero y, además, atado con correa, se nos hacía raro y ridículo. Nos parecía absurdo el hecho de tener animales no utilitarios y, encima cuidados y atados. En aquellos tiempos, los perros andaban sueltos, llenos de pulgas y buscando la comida por todas partes. Nadie preparaba comida para ellos; solamente se les daban las sobras de las casas y algún que otro pedazo de pan duro.
Los perros y, en general, todos los animales, domésticos o no domésticos, eran maltratados sistemáticamente por casi todo el mundo. Esto nos parecía normal porque no habíamos conocido otra actitud diferente hacia los animales. Los críos de Villafranca no podían ver a un pájaro, un gato, un perro, un cordero, una vaca, un caballo...., sin ejercitarse en el noble arte del lanzamiento de piedras o en el de pegar palos. Era algo instintivo. Había verdaderos artistas del canto rodado que, donde ponían el ojo ponían la piedra. Los accidentes de pedradas en el cuerpo eran relativamente frecuentes y, sobre todo los de pedradas en la cabeza. La mayoría de los críos tenían el cráneo lleno de cicatrices de pedradas. Como entonces se llevaba el pelo casi al cero, se les veían como pequeños husos de piel desnuda, entre el pelo corto. Estas heridas eran las llamadas “catas”.
Uno de los animales más maltratados por los críos de Villafranca era el burro de una pareja pintoresca, que se dedicaba a acarrear bultos de y hacia la estación de ferrocarril. Solían tener el burro uncido al carro, en el raso del Conde, detrás del Ayuntamiento, a la sombra, mientras el hombre se emborrachaba en el bar del Rincón. Los críos se sentaban pacientemente en el carro, esperando a que el burro levantara el rabo y, cuando lo hacía, encendían una cerilla y se la acercaban al culo para inflamar los gases que pudieran salir. A veces no pasaba nada, pues en vez de gases salía bosta, pero otras, salían los gases de la digestión y la ventosidad se convertía en una llamarada azulada. Otras veces, le levantaban el rabo y le ponían en el culo una flor seca de cardo con todos sus pinchos. El pobre burro no dejaba de dar coces y saltos hasta que el cardo se le caía. Cuando salía el hombre del bar, soltaba una retahíla de juramentos y amenazas, y los críos salían corriendo como alma que lleva el diablo.
Yo, la verdad es que nunca he maltratado, a sabiendas, a ningún animal, salvo que me hubiera hecho alguna faena, como ladrarme o asustarme, pero hubieron de pasar algunos años hasta que me di cuenta de que el maltrato de los animales no tenía ningún sentido.
Recuerdo que una vez, en San Sebastián, iba por el barrio de Loiola en la moto de monte y, al pasar por delante de un almacén de hierros, el perro guardián se me abalanzó de repente, enfurecido, corriendo y ladrando. Me dio tal susto que casi me caigo de la moto. Seguí un poco más adelante y di la vuelta despacio, pasando lentamente por donde estaba el perro. Cuando éste salió de nuevo a por mí, ladrando, convencido de su superioridad, le dejé que se acercara y en el momento que estuvo a tiro, le di tal puntapié en el morro, con la punta de la bota reforzada con acero, que salió rodando por el suelo y se escapó gimiendo lastimeramente. En aquella ocasión me quedé muy satisfecho. Supongo que no se le ocurriría volver a ladrar a ningún otro motorista.
(CONTINUARÁ)
lunes, 3 de diciembre de 2007
martes, 20 de noviembre de 2007
VILLAFRANCA DE NAVARRA EN LOS AÑOS CINCUENTA DEL SIGLO XX
Villafranca de Navarra, la antigua Alesves, es un pueblo situado en un pequeño relieve, en el límite entre la zona aluvial del río Aragón y el de las últimas estribaciones del Pirineo, en plena Ribera de Navarra. Es un asentamiento humano muy antiguo. Se han encontrado restos arqueológicos de algunas villas de la época romana, y la tradición asegura que los moros anduvieron por allí en los tiempos de la Reconquista.
En los años cincuenta, del siglo XX, Villafranca era una localidad de tamaño mediano, con unos cuatro mil quinientos habitantes, la mayoría de ellos, dedicados a la agricultura. El pueblo, en esta época, carecía de cualquier elemento histórico, o artístico o cultural, que pudiera atraer el interés de la gente. Era un pueblo bastante anodino y no tenía ningún atractivo para la gente de fuera, salvo la buena comida, la buena bebida y la buena acogida que la gente ofrecía a los forasteros.
Para aquellos tiempos, Villafranca tenía una ventaja funcional respecto al resto de pueblos de la comarca, y era que la carretera y el ferrocarril cruzaban el pueblo, en paralelo, y la estación estaba dentro del casco urbano. Esto le daba una cierta categoría, a nivel comarcal, ya que, en general, en los demás pueblos de la zona, servidos por el ferrocarril, éste pasaba lejos del caserío, y las estaciones estaban a varios kilómetros del núcleo de población.
El término municipal de Villafranca tenía dos zonas de campo, muy características y bien diferenciadas: una extensa vega, ubérrima, en la margen izquierda del río, a la que se llamaba “El Regadío", y una gran extensión de terreno de secano, a espaldas del pueblo, árida y poco productiva, al que llamaban “El Monte" o “La Bardena”. Los campos del “Regadío” eran verdaderos vergeles, surcados por una red de acequias, siempre con agua, alimentadas por el “Río Molinar”, que era el canal que, desde la Presa, situada aguas arriba del río Aragón, abastecía de agua al pueblo. Estas acequias permitían que el agua llegara a todos los rincones del “Regadío”, haciéndolo feraz y agradecido. Sobre todo, en las primaveras avanzadas, con los campos en toda su pujanza natural, eran una verdadera delicia para los sentidos. Se juntaba el colorido del campo, con los sonidos de los pájaros y los aromas de la tierra. A estos estímulos se unían, aquí y allá, las voces de los labradores dirigiendo a sus animales de labranza, alguna jota en la lejanía, y, cada vez con más frecuencia, los desagradables ruidos sordos y esporádicos de algún tractor, que por aquel tiempo empezaron a proliferar.
Yo no recuerdo todos los nombres de los términos del campo, pero tenían algunos curiosos, como “La Isla”, "El Estajau", “La Higuerilla”, “Las Cañas”, “El Fornillo”, “La Pesquera”, “Carrialabarca”, “El Fraile”, “Las Navas”, “El Montecillo”, “Camposanpedro”, y otros. Desde el atrio de la Iglesia había una espléndida panorámica del "Regadío", pudiendo verse algunos de los términos que he citado y todo el variado mosaico que formaban las piezas, con los lindes, los ribazos de las acequias, las pequeñas arboledas, los campos de frutales, las casillas para los aperos... Al fondo de la gran vega estaba el río Aragón, con sus sotos y sus meandros de pedregales de cantos rodados, que discurría bajo "La Peña", que era un farallón de tierras rojizas y grises, cortado a pico, producido por la erosión que el propio río Aragón, a lo largo de los siglos, había originado en su base. El río era el límite natural del término municipal de Villafranca. En la última visita que hice a Villafranca, pude comprobar que esta hermosa vista ha dejado de existir, a causa de la Concentración Parcelaria. Me causó cierta tristeza.
La carretera, entonces sin asfaltar, de macádam, y la vía del ferrocarril constituían una barrera que partía el pueblo en dos grandes zonas: la parte nueva, o barrio de las "casas baratas", y la parte vieja, o, simplemente, "pueblo". En la parte del "pueblo" estaban todos los establecimientos oficiales, como el Ayuntamiento, el cuartel de la Guardia Civil, las Escuelas, así como todos los comercios, bares, iglesias, conventos, etc. En las “casas baratas” no había más que una tienda y un bar, y las propias casas baratas, unas ya existentes desde hacía unos años, y otras de nueva construcción, algunas todavía sin terminar.
En la misma parte de las casas baratas estaban, además, el cementerio, el campo de fútbol, un pinar, llamado “los pinos”, el secadero de tabaco, la harinera, una herrería, la bodega, las eras de las trilladoras, un almacén de piensos, el depósito de agua y algunas otras casas, no baratas. Al fondo de “Los Pinos”, hacia "La Bardena”, estaba el llamado “Pozo de las Ratas”, que era un vertedero donde se llevaban las basuras del pueblo. Todo lo demás estaba en "el pueblo".
Las vías del ferrocarril estaban protegidas, por la parte del pueblo, por una tapia de albañilería, con unos machones terminados en una especie de capitel cuadrado, que partía de la estación y, al cabo de unos metros, continuaba con una valla hecha de traviesas de madera, viejas, terminadas en punta, hincadas en el suelo, una tras otra, unidas por trozos de perfiles de acero, atornillados a ellas. Esta separación se extendía hasta la primera casa construida junto al talud de las vías, según se subía por la carretera vieja, que era una precaria y destartalada fábrica de conservas de pimientos y tomates.
La comunicación entre las dos partes del pueblo se efectuaba, exclusivamente, por tres puntos bien localizados: por la estación del ferrocarril, por el paso de "las traviesas", y por el puente sobre las vías, que unía la carretera con el pueblo. También había, un poco más alejado del pueblo, un puente bajo las vías, el puente “el Saso”, que era el antiguo acceso al pueblo, por la carretera vieja. Estos dos últimos eran los únicos accesos practicables para carros y otros vehículos. Los otros dos pasos eran exclusivamente peatonales. El paso de "las traviesas" era el más utilizado por los peatones, para ir y venir a las casas baratas. Consistía, simplemente, en una abertura, entre dos traviesas de la valla, un poco más ancha que las demás. En la parte inferior tenía un perfil de acero uniendo las dos traviesas, en el que todo el mundo ponía el pie para pasar, por lo que estaba siempre brillante y muy desgastado por el uso, lo mismo le ocurría a un bloque de piedra que había a modo de escalón. Brillantes estaban también, por el roce de las manos y de las ropas de los usuarios, los bordes de las dos traviesas que flanqueaban la abertura. Éstas eran las únicas que, debido al roce, tenían el color propio de la madera. El resto eran de color gris, con algún resto oscuro, de la creosota original. Todas estaban totalmente ajadas por la intemperie.
Las calles de Villafranca, como las de todos los pueblos de la zona, en aquella época, eran de tierra apisonada. Se convertían en resecas y sofocantes polvaredas, en verano, y en fríos, húmedos y pegajosos barrizales, en invierno. La calle de “la Cava” era la más baja de todas las del pueblo, y era donde se acumulaba más agua, cuando llovía. Allí el barrizal alcanzaba tal magnitud, que los carros se atascaban y se organizaban unos problemas tremendos. Otro punto negro, en este aspecto, eran las cuestas de debajo del atrio, la que subía hacia el centro del pueblo, por delante del convento de los Carmelitas, y la que iba por “El Mesón”, a enlazar con “la Cava” y con la calle Mayor. Todos los años había que reparar las calles, parcheando los baches con piedra caliza blanda, que los peones del Ayuntamiento apisonaban, a mano, con unos pisones de madera. Los caminos del campo se reparaban echando directamente grava obtenida en las múltiples graveras que había por los alrededores del pueblo, y en las propias orillas del río Aragón. Una reparación, siempre esperada por los críos, era la de la plaza. Se hacía poco antes de las fiestas del pueblo, para dejarla en buenas condiciones para los festejos de vaquillas bravas, y era el preludio de los festejos, para los que todo el pueblo se preparaba.
Villafranca, en tiempos anteriores, había sido un pueblo próspero. Un indicio de ello era la existencia de los restos de villas romanas, que ya he mencionado, así como un convento de Carmelitas, otro de Maristas y un tercero de Monjas de Santa Ana. Es bien sabido que estas comunidades religiosas no se caracterizaban por su ascetismo, y se establecían donde había riqueza. En total había tres iglesias abiertas al público: la parroquia de Santa Eufemia, la iglesia de los Carmelitas y la iglesia de las monjas, a la que se llamaba “El Portal”. Además, estaban la iglesia de los Maristas, que se abrió al público más tarde, y una iglesia derruida, a la que llamaban "El Castillo", que, según una leyenda poco fiable, fue construido por los moros. También había una ermita, dedicada a San Pedro, a varios kilómetros del pueblo, en la carretera de Cadreita. En ésta se organizaban varias romerías al año (San Pedro “Culequero”, San Pedro “Natillero” y San Pedro “Segador”). Estas romerías servían de excusa para la juerga, el desmadre, las jotas y las borracheras.
En Villafranca también había Notario, Sindicato de Riegos, Almacén del Servicio Nacional del Trigo, Cuartel de la Guardia Civil, Juzgado, Escuelas de Párvulos, Escuelas Graduadas, Colegio de las Monjas, Oficina de Correos, Matadero municipal, dos médicos, tres practicantes, un veterinario, farmacia, dos fábricas de conservas de pimiento y tomate, un molino de piensos, tres herrerías, dos fábricas de bebidas espumosas, una fábrica de hielo, dos casinos (El Casino y la Sociedad), dos Salas de Cine, dos Bancos, y unos cuantos bares y tiendas de todo tipo. También se habían establecido bastantes artesanos: varios carpinteros, varios albañiles, un herrador, un hojalatero, tres panaderos, un sillero, un alpargatero, tres sastres, un electricista, dos guarnicioneros, dos zapateros, tres barberos. Tampoco faltaban varios "tontos" de pueblo (ahora se les llamaría minusválidos psíquicos). En fin, Villafranca estaba bastante bien dotada, para lo que se llevaba en otros pueblos de la zona. Por no faltar, no faltaba ni un conde (Conde de Rodezno), ni un gitano afincado allí (el gitano Antonio).
El clima, continental y medianamente extremado, de la Ribera, hacía que las características propias de cada estación del año, fueran muy marcadas, por lo que la vida de estos pueblos se movía al ritmo de las estaciones. Cada época del año se caracterizaba por unas labores determinadas, por unas festividades. Incluso los chavales tenían sus juegos distintos para cada estación. Se hablaba de que era el tiempo de tal o cual cosa, o de que se había pasado el tiempo de tal o cual otra.
Otro día hablaré de la forma de vida y de los sentimientos de la gente de aquella época.
(CONTINUARÁ)
En los años cincuenta, del siglo XX, Villafranca era una localidad de tamaño mediano, con unos cuatro mil quinientos habitantes, la mayoría de ellos, dedicados a la agricultura. El pueblo, en esta época, carecía de cualquier elemento histórico, o artístico o cultural, que pudiera atraer el interés de la gente. Era un pueblo bastante anodino y no tenía ningún atractivo para la gente de fuera, salvo la buena comida, la buena bebida y la buena acogida que la gente ofrecía a los forasteros.
Para aquellos tiempos, Villafranca tenía una ventaja funcional respecto al resto de pueblos de la comarca, y era que la carretera y el ferrocarril cruzaban el pueblo, en paralelo, y la estación estaba dentro del casco urbano. Esto le daba una cierta categoría, a nivel comarcal, ya que, en general, en los demás pueblos de la zona, servidos por el ferrocarril, éste pasaba lejos del caserío, y las estaciones estaban a varios kilómetros del núcleo de población.
El término municipal de Villafranca tenía dos zonas de campo, muy características y bien diferenciadas: una extensa vega, ubérrima, en la margen izquierda del río, a la que se llamaba “El Regadío", y una gran extensión de terreno de secano, a espaldas del pueblo, árida y poco productiva, al que llamaban “El Monte" o “La Bardena”. Los campos del “Regadío” eran verdaderos vergeles, surcados por una red de acequias, siempre con agua, alimentadas por el “Río Molinar”, que era el canal que, desde la Presa, situada aguas arriba del río Aragón, abastecía de agua al pueblo. Estas acequias permitían que el agua llegara a todos los rincones del “Regadío”, haciéndolo feraz y agradecido. Sobre todo, en las primaveras avanzadas, con los campos en toda su pujanza natural, eran una verdadera delicia para los sentidos. Se juntaba el colorido del campo, con los sonidos de los pájaros y los aromas de la tierra. A estos estímulos se unían, aquí y allá, las voces de los labradores dirigiendo a sus animales de labranza, alguna jota en la lejanía, y, cada vez con más frecuencia, los desagradables ruidos sordos y esporádicos de algún tractor, que por aquel tiempo empezaron a proliferar.
Yo no recuerdo todos los nombres de los términos del campo, pero tenían algunos curiosos, como “La Isla”, "El Estajau", “La Higuerilla”, “Las Cañas”, “El Fornillo”, “La Pesquera”, “Carrialabarca”, “El Fraile”, “Las Navas”, “El Montecillo”, “Camposanpedro”, y otros. Desde el atrio de la Iglesia había una espléndida panorámica del "Regadío", pudiendo verse algunos de los términos que he citado y todo el variado mosaico que formaban las piezas, con los lindes, los ribazos de las acequias, las pequeñas arboledas, los campos de frutales, las casillas para los aperos... Al fondo de la gran vega estaba el río Aragón, con sus sotos y sus meandros de pedregales de cantos rodados, que discurría bajo "La Peña", que era un farallón de tierras rojizas y grises, cortado a pico, producido por la erosión que el propio río Aragón, a lo largo de los siglos, había originado en su base. El río era el límite natural del término municipal de Villafranca. En la última visita que hice a Villafranca, pude comprobar que esta hermosa vista ha dejado de existir, a causa de la Concentración Parcelaria. Me causó cierta tristeza.
La carretera, entonces sin asfaltar, de macádam, y la vía del ferrocarril constituían una barrera que partía el pueblo en dos grandes zonas: la parte nueva, o barrio de las "casas baratas", y la parte vieja, o, simplemente, "pueblo". En la parte del "pueblo" estaban todos los establecimientos oficiales, como el Ayuntamiento, el cuartel de la Guardia Civil, las Escuelas, así como todos los comercios, bares, iglesias, conventos, etc. En las “casas baratas” no había más que una tienda y un bar, y las propias casas baratas, unas ya existentes desde hacía unos años, y otras de nueva construcción, algunas todavía sin terminar.
En la misma parte de las casas baratas estaban, además, el cementerio, el campo de fútbol, un pinar, llamado “los pinos”, el secadero de tabaco, la harinera, una herrería, la bodega, las eras de las trilladoras, un almacén de piensos, el depósito de agua y algunas otras casas, no baratas. Al fondo de “Los Pinos”, hacia "La Bardena”, estaba el llamado “Pozo de las Ratas”, que era un vertedero donde se llevaban las basuras del pueblo. Todo lo demás estaba en "el pueblo".
Las vías del ferrocarril estaban protegidas, por la parte del pueblo, por una tapia de albañilería, con unos machones terminados en una especie de capitel cuadrado, que partía de la estación y, al cabo de unos metros, continuaba con una valla hecha de traviesas de madera, viejas, terminadas en punta, hincadas en el suelo, una tras otra, unidas por trozos de perfiles de acero, atornillados a ellas. Esta separación se extendía hasta la primera casa construida junto al talud de las vías, según se subía por la carretera vieja, que era una precaria y destartalada fábrica de conservas de pimientos y tomates.
La comunicación entre las dos partes del pueblo se efectuaba, exclusivamente, por tres puntos bien localizados: por la estación del ferrocarril, por el paso de "las traviesas", y por el puente sobre las vías, que unía la carretera con el pueblo. También había, un poco más alejado del pueblo, un puente bajo las vías, el puente “el Saso”, que era el antiguo acceso al pueblo, por la carretera vieja. Estos dos últimos eran los únicos accesos practicables para carros y otros vehículos. Los otros dos pasos eran exclusivamente peatonales. El paso de "las traviesas" era el más utilizado por los peatones, para ir y venir a las casas baratas. Consistía, simplemente, en una abertura, entre dos traviesas de la valla, un poco más ancha que las demás. En la parte inferior tenía un perfil de acero uniendo las dos traviesas, en el que todo el mundo ponía el pie para pasar, por lo que estaba siempre brillante y muy desgastado por el uso, lo mismo le ocurría a un bloque de piedra que había a modo de escalón. Brillantes estaban también, por el roce de las manos y de las ropas de los usuarios, los bordes de las dos traviesas que flanqueaban la abertura. Éstas eran las únicas que, debido al roce, tenían el color propio de la madera. El resto eran de color gris, con algún resto oscuro, de la creosota original. Todas estaban totalmente ajadas por la intemperie.
Las calles de Villafranca, como las de todos los pueblos de la zona, en aquella época, eran de tierra apisonada. Se convertían en resecas y sofocantes polvaredas, en verano, y en fríos, húmedos y pegajosos barrizales, en invierno. La calle de “la Cava” era la más baja de todas las del pueblo, y era donde se acumulaba más agua, cuando llovía. Allí el barrizal alcanzaba tal magnitud, que los carros se atascaban y se organizaban unos problemas tremendos. Otro punto negro, en este aspecto, eran las cuestas de debajo del atrio, la que subía hacia el centro del pueblo, por delante del convento de los Carmelitas, y la que iba por “El Mesón”, a enlazar con “la Cava” y con la calle Mayor. Todos los años había que reparar las calles, parcheando los baches con piedra caliza blanda, que los peones del Ayuntamiento apisonaban, a mano, con unos pisones de madera. Los caminos del campo se reparaban echando directamente grava obtenida en las múltiples graveras que había por los alrededores del pueblo, y en las propias orillas del río Aragón. Una reparación, siempre esperada por los críos, era la de la plaza. Se hacía poco antes de las fiestas del pueblo, para dejarla en buenas condiciones para los festejos de vaquillas bravas, y era el preludio de los festejos, para los que todo el pueblo se preparaba.
Villafranca, en tiempos anteriores, había sido un pueblo próspero. Un indicio de ello era la existencia de los restos de villas romanas, que ya he mencionado, así como un convento de Carmelitas, otro de Maristas y un tercero de Monjas de Santa Ana. Es bien sabido que estas comunidades religiosas no se caracterizaban por su ascetismo, y se establecían donde había riqueza. En total había tres iglesias abiertas al público: la parroquia de Santa Eufemia, la iglesia de los Carmelitas y la iglesia de las monjas, a la que se llamaba “El Portal”. Además, estaban la iglesia de los Maristas, que se abrió al público más tarde, y una iglesia derruida, a la que llamaban "El Castillo", que, según una leyenda poco fiable, fue construido por los moros. También había una ermita, dedicada a San Pedro, a varios kilómetros del pueblo, en la carretera de Cadreita. En ésta se organizaban varias romerías al año (San Pedro “Culequero”, San Pedro “Natillero” y San Pedro “Segador”). Estas romerías servían de excusa para la juerga, el desmadre, las jotas y las borracheras.
En Villafranca también había Notario, Sindicato de Riegos, Almacén del Servicio Nacional del Trigo, Cuartel de la Guardia Civil, Juzgado, Escuelas de Párvulos, Escuelas Graduadas, Colegio de las Monjas, Oficina de Correos, Matadero municipal, dos médicos, tres practicantes, un veterinario, farmacia, dos fábricas de conservas de pimiento y tomate, un molino de piensos, tres herrerías, dos fábricas de bebidas espumosas, una fábrica de hielo, dos casinos (El Casino y la Sociedad), dos Salas de Cine, dos Bancos, y unos cuantos bares y tiendas de todo tipo. También se habían establecido bastantes artesanos: varios carpinteros, varios albañiles, un herrador, un hojalatero, tres panaderos, un sillero, un alpargatero, tres sastres, un electricista, dos guarnicioneros, dos zapateros, tres barberos. Tampoco faltaban varios "tontos" de pueblo (ahora se les llamaría minusválidos psíquicos). En fin, Villafranca estaba bastante bien dotada, para lo que se llevaba en otros pueblos de la zona. Por no faltar, no faltaba ni un conde (Conde de Rodezno), ni un gitano afincado allí (el gitano Antonio).
El clima, continental y medianamente extremado, de la Ribera, hacía que las características propias de cada estación del año, fueran muy marcadas, por lo que la vida de estos pueblos se movía al ritmo de las estaciones. Cada época del año se caracterizaba por unas labores determinadas, por unas festividades. Incluso los chavales tenían sus juegos distintos para cada estación. Se hablaba de que era el tiempo de tal o cual cosa, o de que se había pasado el tiempo de tal o cual otra.
Otro día hablaré de la forma de vida y de los sentimientos de la gente de aquella época.
(CONTINUARÁ)
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)